RE-13-003 Juan Alfonso Fernández García (Fonsu), Director del Muséu de la Gaita

Decir que José Francisco Galán Trespalacios, Pancho Galán (1917 - 2000), representa todo lo bueno de la tradición de la gaita es decir la verdad. “Bueno” es el calificativo que mejor le retrata, y no solo porque Pancho lo fue y así lo conocimos y lo recordamos, sino también porque en él y en su hacer musical se reconoce la parte más valiosa del oficio de los músicos populares, nuestros y ajenos: la que recibe y da; la que no desprecia lo viejo y no teme lo nuevo; la que, en definitiva, produce fruto.


Pancho fue un gaitero de su tiempo, heredero y mantenedor de un arte que ha sobrevivido durante siglos y nos ayuda a reconocernos como asturianos en un mundo global y despersonalizado. En esto no se diferenció de tantos y tantos gaiteros de su tiempo y seguramente anteriores. Sus medios fueron los mismos e idéntica la actitud receptiva e integradora que se descubre en toda nuestra música popular, a poco que la observemos: tuvo su primera gaita ya después de casado, pero siendo niño se entretenía tocando flautas de corteza que él mismo hacía; desempeñó varios trabajos para sostener su casa, siendo el de animador de fiestas una satisfacción -y una ayuda económica- que llegaría más adelante; aprendió a tocar gracias a su oído, su intuición y su constancia; heredó el saber de los grandes gaiteros del oriente (Llanín, César de La Borbolla, Manolo Rivas…) y dominó todos los palos, desde acompañar la asturianada y solemnizar la misa hasta tocar los bailes a la antigua usanza, pero también supo estar atento a lo nuevo, al cuplé y al pasodoble que tanto gustaban a sus contemporáneos. Fue, como suele decirse en la jerga profesional, “un gaiteru completu”, y esto lo pudieron comprobar no solo en Peñamellera y los concejos cercanos, sino en la vecina Cantabria, en varias tierras de España -donde le gustaba tocar los aires locales más populares- y, más allá, en Francia y América.


De todas las cosas que podrían contarse de él, permítanme que yo prefiera quedarme con solo una: que creó escuela; lo que no es poco decir. Los jóvenes que hoy acuden a las aulas de música tradicional difícilmente podrán comprender el valor que tenía un maestro en los tiempos de Pancho porque, para ellos, este es un problema del pasado y no forma parte de su vida cotidiana. A Pancho, sin embargo, le tocó desenvolverse entre dos Asturias: una que se iba y se llevaba consigo sus usos, sus saberes y sus sonidos; otra que llegaba con aires de modernidad y solo tenía ojos y oídos para lo de fuera. Comenzábamos entonces a abandonar masivamente el campo: fueron los tiempos del éxodo rural en pos de una vida nueva y quién sabe si mejor en las grandes ciudades que habían despegado con la industrialización; los años en que lo arraigado, lo de casa, se veía con desdén y acaso con vergüenza. Queríamos ser otra cosa, no lo que ya éramos, y la gaita y el gaitero nos traían a la mente aquello que no deseábamos recordar. A pesar de todo, Pancho tuvo el deseo y la habilidad de transmitir su saber a una nueva generación no siempre receptiva, pero frecuentemente crítica. Formó nuevos gaiteros y tamboriteros en Llonín, de donde él fue natural, pero también en Alles, en Alevia, en Abándames… Hoy, muchos pueden decir que conocen y tienen en su repertorio alguna pieza de Pancho. No es poco conseguir en una vida.


“Que nunca muera la gaita”, frase que solía oírse de sus labios, refleja una preocupación que lo fue a la vez de otros gaiteros que creyeron que con ellos se iría el paisaje sonoro de esa Asturias rural que empezaba a desaparecer y en la que Pancho se desenvolvía. Con el nuevo milenio, este maestro de antes y de siempre nos dejó; pero su música y su memoria siguen con nosotros, como también sigue la gaita. Y este es el mejor homenaje colectivo que le podemos tributar los asturianos.


Juan Alfonso Fernández García


Director del Museo de la Gaita

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